A veces me preguntan de dónde salen mis historias. Siempre sonrío, porque en realidad la respuesta es muy sencilla: nacen de los niños.
De sus preguntas inesperadas, de su manera de mirar el mundo sin prisas, de esa valentía innata para imaginar lo imposible.
Hace poco visité un colegio en Tenerife. Mientras caminaba por el pasillo, una niña me tomó de la mano sin decir nada. Me llevó directamente a su mesa de dibujo y me enseñó un papel lleno de colores.
—Este es mi sueño, me dijo.
Y yo, que he escuchado miles de sueños, sentí que aquel era especial. Porque los niños no explican sueños: los pintan.
Cada día que paso con ellos me confirma algo que, como autora, me guía siempre: escribir para niños no es bajar el nivel, es subir el corazón. Ellos me recuerdan que detrás de cada cuento hay una semilla que puede convertirse en coraje, ternura o curiosidad. Y que un libro infantil, por pequeño que parezca, puede cambiar la forma en que un niño se siente visto.
Hoy, mientras preparo mis próximos títulos, vuelvo a pensar en aquella niña y en su dibujo. Tal vez un día su sueño se convierta en un personaje, o en una aventura. Quizá ya esté creciendo en silencio dentro de mí.
Sea como sea, sé que seguiré escribiendo mientras los niños sigan mirándome con esos ojos que esperan historias. Ellos son mi brújula.