Cómo el amigo imaginario de Rosa Deledda cobró vida en sus cuentos

Hay historias que uno escribe… y otras que lo escriben a uno.

La mía empezó cuando tenía apenas ocho años, en ese territorio secreto donde la infancia y la imaginación se mezclan sin pedir permiso. Allí apareció un personaje que me acompañó durante años: mi amigo imaginario.

Era tan real para mí como cualquier persona de carne y hueso. Caminaba a mi lado, me hacía preguntas, me escuchaba en silencio y parecía comprender cosas que, a veces, ni yo podía explicar. No tenía nombre al principio, solo presencia. Con el tiempo, se convirtió en el Señor de mis Sueños.

Y aunque muchos dicen que los niños que crean amigos imaginarios lo hacen porque están solos, yo descubrí lo contrario: aquel personaje me nutría, me hacía sentir acompañada, conectada con un mundo invisible que, con los años, descubriría que estaba lleno de significados.

 La pregunta que lo cambió todo

Cuando me hice adulta, esa frontera entre “real” e “imaginado” se volvió más difusa. ¿Había sido solo fantasía? ¿O tal vez una parte profunda de mí tratando de hablar?

La pregunta quedó rondando en mi cabeza durante años.

Un día, simplemente decidí escribir. No por obligación, ni por nostalgia: por necesidad.

Abrí el cajón donde guardaba los recuerdos de mi infancia —esas notas sueltas, esas sensaciones que nunca había contado— y los fui hilando uno a uno. Así nació el manuscrito que, mucho tiempo después, se convertiría en mi primer libro de la colección Ojos Grandes.

 El Señor de mis Sueños se convierte en literatura

El personaje que había vivido conmigo tantos años volvió a aparecer, esta vez lleno de palabras. Yo solo tuve que escucharlo.

Él guiaba la historia, marcaba los ritmos, abría puertas.

Yo escribía, pero él seguía allí, como si nunca se hubiera ido.

Lo hermoso es que la magia no terminó ahí.

Cuando mis hijas nacieron, las historias cambiaron de dimensión. Ellas escuchaban mis cuentos con la misma fascinación con la que yo vivía mis aventuras de niña. Ver su interés, su silencio atento, sus preguntas… me dio el impulso que necesitaba para compartir lo que había escrito.

Decidí enviar el manuscrito a un concurso de una institución pública.

Y para mi sorpresa —y emoción— ganó.

Ese fue el momento en que mi amigo imaginario dejó de existir solo en mi mente para convertirse en parte de la vida de otras personas: niños, familias, profesores y lectores que sienten su presencia entre líneas.

 ¿Qué representa hoy el Señor de mis Sueños?

En mis cuentos, él es:

  • Un guía silencioso.
  • Un puente hacia la imaginación.
  • Una metáfora de la intuición y la sensibilidad infantil.
  • Una presencia protectora que observa sin intervenir.
  • Un recordatorio de que la magia no desaparece cuando crecemos.

Y, de alguna forma, también es el símbolo de algo más profundo:

el reconocimiento de que los mundos interiores merecen ser escuchados y narrados.

 De amigo imaginario a compañero de viaje literario

Hoy, cuando escribo nuevas historias, siento que ese personaje sigue ahí.

No como un amigo imaginario, sino como un impulso creativo, una presencia que me recuerda la raíz de todo:

la imaginación es un regalo que, si lo cuidamos, nos acompaña toda la vida.

Gracias a él nació Ojos Grandes.

Gracias a él recuperé mi voz de niña.

Y gracias a él, cada cuento que escribo tiene un toque de misterio, ternura y verdad.

 ¿Y tú? ¿Tuviste o tienes un amigo imaginario?

Si te apetece compartirlo, estaré encantada de leerte. Los amigos imaginarios merecen ser recordados. A veces, incluso, esperan pacientemente para que les demos forma… en un cuento.

Compartir esta publicación
Etiquetas
Detrás de los dibujos de Ojos Grandes: cómo cobran vida tus historias favoritas